
La serendipia es ese hallazgo valioso que se produce sin haberlo buscado de forma consciente, el descubrimiento inesperado que surge mientras se investiga otra cosa y que termina teniendo un significado propio y, a veces, decisivo. En el trabajo de archivo y en la investigación genealógica, la serendipia no es una rareza, sino casi una constante, trazamos líneas, calculamos fechas y pasamos horas buscando una confirmación que creemos que debe estar ahí. Pero a veces, el archivo nos reserva su propia magia, ese hallazgo afortunado e inesperado que ocurre cuando se busca una cosa y se encuentra otra mucho más valiosa.
Recientemente se dio uno de esos momentos. De manera casual, apareció una partida de defunción inesperada, en el papel, con esa tinta y ese olor característico de los viejos legajos, se leía un nombre: Juana Lino Rodríguez. No «Juana Rodríguez», ni «Juana Rodríguez alias Lino». El documento, firmado por el párroco de Agulo Hildebrando Reboso y Ayala, otorga al apodo ‘Lino’ estatus de apellido oficial. Es la prueba documental de que la identidad del linaje era tan fuerte que trascendió la oralidad para colarse en los registros legales.
Antes del análisis genealógico, veamos el acta en concreto:
“En el pueblo de Agulo, Ysla de la Gomera, Diócesis de Tenerife, Provincia de Canarias a diez de Enero de mil novecientos uno. Yo Dn Hildebrando Reboso y Ayala, Pbtro, Cura Ecónomo de la iglesia parroquial de San Marcos de este espresado pueblo, mandé dar sepultura Ecta [eclesiástica] el cadaver de Juana Lino Rodríguez Martín, natural y vecina de este pueblo, de treinta años de edad, casada con José Escuela, hija legítima de Antonio Lino Rodriguez y Antonia Martin Gonzalez, que vivia en la Palmita: falleció a las diez de la noche del dia anterior, dejó tres hijos llamados Crecencia, Geronimo y Maria: siendo testigos de su defuncion Federico Martin Hernandez, Juan Escuela, y Antonio Gaspar Barroso. Y para que conste expido la presente que firmo fecha ut supra.”

La partida de defunción contenía la anotación marginal «nada encargaron», la cual puede ser un indicio clave sobre las circunstancias del óbito: confirma que Juana fue enterrada sin disposiciones testamentarias ni el pago de sufragios o misas por su alma, una situación habitual en fallecimientos abintestato (sin testamento). Cruzando este dato con su relativa temprana edad de fallecimiento, 30 años, la hipótesis más sólida apunta a una muerte sobrevenida o repentina que no dio margen temporal para dictar sus últimas voluntades; en una mujer de esa edad y época, esto señala con fuerza hacia complicaciones posparto o una enfermedad infecciosa fulminante.
La investigación no dio resultado satisfactorio en relación al matrimonio de Juana Lino y José Escuela Barroso, lo que podría explicar que este enlace hubiese pasado desapercibido en investigaciones previas. El rastro documental de José vuelve a aparecer en 1905, ya con 36 años, cuando vuelve a contraer matrimonio con María Herrera Martín, unión sin descendencia documentada. Este último enlace nos permite conocer a los padres de José, es hijo de Ignacio Escuela Prieto y de María Barroso Ventura. Su linaje paterno hunde sus raíces en los albores de Agulo, allá por los comienzos del siglo XVII. También nos permite aclarar la relación con los testigos de la defunción, al menos dos de ellos tienen vínculo familiar con el viudo, por un lado Juan Escuela es primo hermano del padre de José. Por otro, Antonio Gaspar Barroso es tío de José, hermano de su madre.
En relación a los hijos de José y Juana, en los registros sacramentales de la parroquia de San Marcos Evangelista de Agulo nos encontramos los siguientes asientos:
Jerónimo Escuela Rodríguez, nacido en 1897, casó en 1922 con María Guadalupe Medina Correa. Tras enviudar, casa en 1927 con María del Carmen Rodríguez Cabello, con amplia descendencia en Agulo.
Crescencia de la Cruz Escuela Rodríguez, nacida en 1894,contrajo matrimonio con Francisco Herrera Martín en 1913. Enlace de prolífica descendencia.
No se han encontrado registros matrimoniales de María Escuela Rodríguez, como suele ser habitual en estos nudos gordianos genealógicos, sin espada de Alejandro de por medio, nos encontramos con varios escenarios. Uno, un fallecimiento precoz, no olvidemos que Crescencia tenía 7 años y Jerónimo 4 cuando falleció su madre, por lo tanto, María debía ser igualmente de muy corta edad, con lo que ello conlleva a nivel de esperanza de vida infantil a principios del siglo XX. Otra posibilidad puede ser un matrimonio fuera de la parroquia de San Marcos Evangelista de Agulo, o, simplemente, que permaneció soltera.
El hallazgo de esta partida de 1903 actúa como un poderoso eslabón intermedio en la historia del linaje. Conecta el origen fundacional de José Lino, nacido en Vallehermoso en 1802, y su asentamiento en La Palmita, como así figura en el padrón de 1835, con la realidad actual, donde el apelativo sigue plenamente vigente en la memoria colectiva de Agulo. Sin embargo, el caso de Juana es excepcional, representa el instante preciso en que esa tradición oral tuvo la fuerza suficiente para traspasar la rigidez canónica y quedar inmortalizada documentalmente. Una rareza documental que dota de carta de naturaleza a una identidad que, aunque ha sobrevivido más de dos siglos en las calles, hoy carece de esa constancia escrita que Juana sí logró ostentar.

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